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M1Las grandes cuestiones de la existencia3 min de lectura

El viaje en busca de la verdad: ¿cómo leer la historia de las religiones y por qué el islam fue el mensaje final?

El monoteísmo es el origen y la idolatría una desviación posterior — una lectura sobre la unidad del mensaje de los profetas y la razón de su sello con el islam.

A menudo se presenta la historia de las religiones como un recorrido evolutivo: comenzando con la multiplicidad de dioses y la idolatría, para luego ascender gradualmente a través de las épocas hasta llegar al monoteísmo. Pero la visión coránica, junto con una lectura histórica profunda, ofrece un relato completamente distinto: el monoteísmo es el origen, y la idolatría es la desviación posterior. Desde el amanecer de la humanidad, el Creador no dejó al hombre tantear a ciegas en la oscuridad, sino que envió una cadena ininterrumpida de profetas y mensajeros portadores de una misma esencia y un mensaje que no cambia.

Unidad de la fuente: la religión única de los profetas

El mensaje de Noé, Abraham, Moisés, Jesús y Muhammad —la paz sea con ellos— es un único mensaje en su credo: dedicar la adoración y la sumisión al gran Creador únicamente. Esa sumisión consciente y voluntaria es el significado literal de la palabra «islam». Las revelaciones nunca se contradijeron en la raíz de la creencia; cada profeta confirmaba al que le precedió y preparaba el camino al que le sucedería.

La diferencia se dio en las leyes y normas prácticas, que se revelaban detalladas para adaptarse a la condición de cada sociedad y a las necesidades de una época concreta; tal como el médico que prescribe medicinas distintas según el estado del paciente en cada etapa del tratamiento, siendo una la ciencia médica de la que parte.

La naturaleza innata y el acceso directo al Creador

Lo más distintivo de un credo puro es su carácter directo y su sencillez, acorde con la razón y la sana naturaleza innata. El vínculo entre el siervo y su Señor, en su forma pura, no necesita intermediario humano, ni institución que monopolice el perdón, ni complicaciones que hagan que la Divinidad se encarne en un hombre que come, bebe y sufre.

Allah, glorificado sea, es «Aṣ-Ṣamad»: el gran Creador, independiente de Su creación, a quien las criaturas recurren directamente en sus necesidades. En cuanto levantas las manos e invocas, se establece la conexión entre tú y el Señor de los cielos y la tierra, sin barrera ni rival. Esta trascendencia absoluta devuelve al ser humano su dignidad y lo libera de la subordinación intelectual y espiritual a cualquier criatura.

¿Por qué se sellaron los mensajes con el islam?

Si los mensajes anteriores eran válidos en su origen, ¿por qué exigió la sabiduría que el islam fuera la religión final, sin profeta después de Muhammad ﷺ? Esto se aclara en tres aspectos:

La preservación del texto original. De los mensajes anteriores se encargaron seres humanos —rabinos y monjes—, y con las sucesivas guerras y traducciones se perdieron los manuscritos originales y la alteración se abrió paso en los textos. En cambio, el Corán, el Creador Se encargó de preservarlo en palabra y significado, por lo que desapareció la necesidad de una nueva misión profética para corregir un libro alterado.

La universalidad del mensaje. Los mensajes anteriores se enviaban a pueblos concretos, en un territorio cerrado y por un tiempo limitado, como la misión de Moisés —la paz sea con él— dirigida específicamente a los Hijos de Israel. Cuando el mundo se abrió y se rompieron las barreras geográficas, llegó el mensaje final con un alcance universal, dirigido a toda la humanidad.

La amplitud y flexibilidad de la legislación. La legislación llegó con reglas generales que equilibran el espíritu y el cuerpo, el individuo y la sociedad, con una amplitud capaz de abarcar los nuevos casos y acompañar el desarrollo en cada tiempo y lugar.

Conclusión

Quien observa con imparcialidad la historia de las religiones comprende que el islam no vino a derribar la labor previa de los profetas, sino a coronar ese edificio, a corregir la distorsión humana que se había introducido en él y a devolver la brújula del ser humano a su dirección primera y última: la adoración de un Dios único, sin socio ni intermediario.